Desde que dejaste tu trabajo en la compañía de seguros, te sientes extremadamente empoderado. Sientes que tu vida tiene sentido.
“Lo he sudado”.
Llegas el primero a la convocatoria de becas para startups.
Mismo formulario en PDF, misma pestaña del navegador y la misma hora límite para subir el proyecto que la consultora premiada por Google.
“Presentado. Ahora toca preparar el deck”.
Vas a la cocina, te sirves el segundo café. De vuelta ajustas la silla y te convences de que descargar la misma plantilla de pitch te equipara a los veteranos de Silicon Valley. Claude te soltó que las cosas funcionan así.
Hay una confusión peligrosa en el aire: pensar que porque la puerta está abierta para todo el mundo, todos cruzarán la meta al mismo tiempo.
Democratizar el acceso a los mercados (y a la tecnología, a la formación…) significa abrir el campo de juego. Significa que las líneas están trazadas exactamente igual para ti que para el resto.
Ni más, ni menos.
Esa igualdad de oportunidades es esencialmente justicia. Que cualquiera con una conexión a internet y disciplina pueda competir es un avance colosal. Pero confundir la igualdad de acceso con la garantía de resultados es una trampa mental.
Muy peligrosa.
En cualquier entorno (también en el mercado), exigir o esperar igualdad de resultados es una quimera ingenua.
El acceso libre nos da la entrada, pero no regala la permanencia ni la eternidad.